M.
No eran arte las lágrimas hasta que rodaron por las
mejillas. No eran arte los ojos hasta que les retrataron. El tiempo, decía mi
abuelo, debería ir en avance desde que aparecieron. Antes de ellas, no había
quien sintiera olor a las rosas, quien empalmara a la perfección la emoción y
los sentimientos. Antes de ellas no nacíamos, solo aparecíamos bajo un árbol,
que mecía entre sus brazos nuestras añoranzas.
Benditos los ojos que las retratan, que las han usado para
imaginar mundos idealizados de color. Benditos los oídos que quedan sordos al
sentir el suave vapor de sus respiros. Benditos los ojos que se han cerrado,
pues lo que imaginan y sueñan es lo que ven cuando están, y no están presentes.
No bastan las palabras, mas la naturaleza me lo ruega, pues son el condimento
para embellecerlas.
Ellas, que no necesitan capullo para embellecer, ni alas
para volar sobre las cabezas, no necesitan que posen sobre sus manos, las
muestras de amor. Transforman en arte todo sobre lo que se reflejan y estas
ventanas de mi alma que las reflejan, se llenan de color, artilugios y refugio
de nuestra inspiración.
Tomar un dedo con elegancia no tenía tanta satisfacción, y
unos labios que hablan por si mismos, que siguen tratando de explicarnos su
función, mientras unen nuestro motivo de su movimiento. Bella y tersa piel,
sobre la que resbala el agua y posan mis más bellas emociones.
Páginas escritas bajo sus nombres, música que suena al son
de las notas de su voz. Torrente y puente desde la algarabía del corazón. No
era música la voz hasta que endulzaron nuestros oídos con pasión y hablaron
sobre la relación de su lado más virtuoso y su condición del corazón.
Las hay de todos tipos: altas, bajas, sonrientes y serias.
Caprichosas, reservadas, amorosas y compasivas. Las hay de ojos grandes,
pequeños, rasgados y exclamativos. Se hace difícil describirles, mas su rasgo más
característico es el corazón. Aquello que pocos hombres ven y algunos confunden.
Algunas que empalagan y otras que engolosinan, mas lo importante de las
sonrisas es que sean el motivo y del llanto implorativas, cuando honra no se
les hace a la significancia de su presencia en nuestras vidas.
Belleza, ese término análogo de sus caricias y las
terminaciones nerviosas no revelan, sino una serie de consecuencias, todas
ellas con lesiones que solo ellas producen y solo ellas pueden curar. Así es
pues, el amor de unas doncellas, aquí en la tierra llamamos mujeres y en
nuestros desvelos inspiración, mas por mí solo habrá una a la espera, que no vacila
su intención.

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