Equivocados de Sujeto
Escribía el tiempo, lo que me ocurría, y se acabó la tinta de mi pluma. No
quería la mano escribir lo que decía la mente, y el aeropuerto de mis ideas
tuvo una pequeña riña de existencialismo. Me preguntaba que hacía aquí mientras
mi cuerpo respondía con esa sensación que se confunde con el amor, no solo por
la pasión o el deleite y el placer, sino también por el cosquilleo en el
estómago: el hambre.
Seguía yo buscando de cajón en cajón, y aunque seguía queriendo escribir, mi
mano solo buscaba un tenedor y una cuchara. Me dije tres palabras creyéndome
por convicción: “yo soy yo”, y eran tan claras, pero “yo” no sabía quien era
ese sujeto, quién es “yo”: tan aclamado cuando busco algo, y a quien dejé a un
lado cuando pensaba en el tenedor. “Yo” a él si le conocía, le miraba a diario
y no temía ser cuestionado.
No era un conflicto social, “es depresión”, me dijo un buen amigo, no de
edad sino de años. Sentimos lo mismo no por amigos, sino por humanos. Sentimos
lo mismo, no por humanos sino por la edad. Dejé a un lado el corazón y la
mente. Dejé de pensar en mí, y solo descubrí que aun queriendo no ser “yo”,
seguía viendo igual los colores, sentía hambre y desesperación. Pensé en
regresar con mi mente, pero ya debía pedirle permiso, y es que quizá no siempre
fue mía. Quizá “yo” no le puse tanta atención. Luego tomé de nuevo mi pluma, y
seguí tratando de escribir, no de lo que soy sino de quien es “yo”, ya que es
más famoso.
Mientras me sentaba, escuche sonidos en mi cocina, me levanté mientras
caminaba despacio, vi algo y solo pensé que era un ladrón. Como no volteaba
seguí hasta su espalda. Pensé que era un sueño, no me veía y hasta le empuje. “Que
presión”, decía de espaldas, “no es depresión, soy ‘yo’”, dijo.
No fue de mucha ayuda, pero aún seguía escribiendo arriba, y caí en la
cuenta que aun seguía escribiendo arriba y éramos tres en una misma casa: uno
escribiendo mi historia, otro preguntando que pasaba y otro que solo vivía.
Quizá era entonces, no un conflicto social ni mental, sino la falta de
conocimiento y dedicación a pensar que, de los tres, nadie era más
indispensable ni estaba de más. ¿Quién estaba de más? Nadie, y encontré que ya éramos
cuatro: Yo, yo, yo y nadie.
Me paré frente a un espejo para conocer si acaso éramos cuatro, pero solo
había y aparecía uno. Pregunte si existían al viento y solo me respondí a mi
mismo. Me reí, no soy esquizofrénico, sino “yo”. Me fui del espejo y seguí
escribiendo, preguntando y viviendo.
“Todo llega a su tiempo”, me han dicho, y como al principio escribía del tiempo,
también agarré un reloj y lo adelante cuanto pude, sintiéndome mejor.
¿Solución? No creo, pero el hombre planea su futuro y vive el presente. Nos
preocupamos más por el futuro y olvidamos el presente, algunos aun escribiendo
el pasado: que les da recuerdos, refranes para su vida y hasta remordimientos.
Ahora si, quizá no me deje de preguntar, pero sé que el tiempo responde, no
con palabras, sino con mis acciones. No nos tengamos miedo, retemos a “yo”.
(…) ¡Y ya regresó la tinta a mi pluma!

No hay comentarios:
Publicar un comentario