martes, 25 de septiembre de 2012

M.


M.

No eran arte las lágrimas hasta que rodaron por las mejillas. No eran arte los ojos hasta que les retrataron. El tiempo, decía mi abuelo, debería ir en avance desde que aparecieron. Antes de ellas, no había quien sintiera olor a las rosas, quien empalmara a la perfección la emoción y los sentimientos. Antes de ellas no nacíamos, solo aparecíamos bajo un árbol, que mecía entre sus brazos nuestras añoranzas.

Benditos los ojos que las retratan, que las han usado para imaginar mundos idealizados de color. Benditos los oídos que quedan sordos al sentir el suave vapor de sus respiros. Benditos los ojos que se han cerrado, pues lo que imaginan y sueñan es lo que ven cuando están, y no están presentes. No bastan las palabras, mas la naturaleza me lo ruega, pues son el condimento para embellecerlas.

Ellas, que no necesitan capullo para embellecer, ni alas para volar sobre las cabezas, no necesitan que posen sobre sus manos, las muestras de amor. Transforman en arte todo sobre lo que se reflejan y estas ventanas de mi alma que las reflejan, se llenan de color, artilugios y refugio de nuestra inspiración.

Tomar un dedo con elegancia no tenía tanta satisfacción, y unos labios que hablan por si mismos, que siguen tratando de explicarnos su función, mientras unen nuestro motivo de su movimiento. Bella y tersa piel, sobre la que resbala el agua y posan mis más bellas emociones.

Páginas escritas bajo sus nombres, música que suena al son de las notas de su voz. Torrente y puente desde la algarabía del corazón. No era música la voz hasta que endulzaron nuestros oídos con pasión y hablaron sobre la relación de su lado más virtuoso y su condición del corazón.

Las hay de todos tipos: altas, bajas, sonrientes y serias. Caprichosas, reservadas, amorosas y compasivas. Las hay de ojos grandes, pequeños, rasgados y exclamativos. Se hace difícil describirles, mas su rasgo más característico es el corazón. Aquello que pocos hombres ven y algunos confunden. Algunas que empalagan y otras que engolosinan, mas lo importante de las sonrisas es que sean el motivo y del llanto implorativas, cuando honra no se les hace a la significancia de su presencia en nuestras vidas.

Belleza, ese término análogo de sus caricias y las terminaciones nerviosas no revelan, sino una serie de consecuencias, todas ellas con lesiones que solo ellas producen y solo ellas pueden curar. Así es pues, el amor de unas doncellas, aquí en la tierra llamamos mujeres y en nuestros desvelos inspiración, mas por mí solo habrá una a la espera, que no vacila su intención.



El Aeropuerto de las Vasijas

El Aeropuerto de las Vasijas


La cultura se consume de energías, y a la vez es igual, hablando sintéticamente. La cultura no se crea ni se destruye, solo se transforma. Desconocemos el origen de la energía, como también el de la cultura, y sin embargo movemos los pies y saltamos, abrazando la bruma que esconden los destellos de un rey que nos rodea.

En el aeropuerto todos parpadean cada vez menos, y pequeños organismos danzan al son de tambores que entorpecen a todos, haciéndoles trepar muros, pues todos tenemos manos, pies, piernas y brazos, mas nadie danza como esos organismos evolucionados que parecen ser tan flexibles como las ramas de las gerberas.  No se me ocurre otro nombre, quizá porque por suerte lo he escuchado de boca de mi madre, que bendita y me trajo hasta aquí, donde la tierra, el aire, el fuego y el agua se vuelven uno en perfecta simetría y armonización.  En almas envueltas en cuerpos, que capa tras capa son menos naturales y aunque no deseamos desvestimos a gusto y placer.

Siguen las vueltas y danzas, sonrisas y manos retumbando, ya sea una con una, o una con tambor. Tambores que fueron sacados al aire libre, y que como toda costumbre humana, queda opacada por un ente no menos natural, pero si menos alentado por la cultura. De esos antagonistas que miran a un pianista y le cortan las manos, miran a un pintor y descabellan la madera de los pinceles, miran gente sonriente y armonía y se quejan de lo que respiran, de lo que huelen, de lo que miran. Extraños entes que con el poder del metal y pólvora desventuraron a nuestros ancestros, acallando a las vasijas para cambiarlas por lo plástico y menos convencional.

Aquí el olvido deja de estar tuerto y el culto es aprendiz del poder, que cuando llega a los límites, observa sobre el hombro su entorno, no para cargarle como un anda solitaria, sino para ofrecer un motivo para pedir permiso y brindar libertad a quienes bailan, aquí, en el aeropuerto.

Mientras algunos despegan, otros mas se alientan con la única necesidad del sonido, agotando la creatividad sonora para no oír retumbos, camiones o pólvora mezclada.

El poder no pide permiso, mas acalla a quienes le acechan. Callaron el sonido y todo a su vez se aleja. Mientras nos pares de ojos deambulan por en medio de los jardines, el baile sigue y todos imaginamos un escenario. Cerraron los tambores y ya solo vemos cabizbajos que no les miran, pierden en cultura y ganan en olvido.

Ahora ya solo admiran cuerpos sin pintura, que con un par de trapos limpian las vasijas de los ancestros enclaustrados en los tambores silenciados, que formaron cultura – me tuvieron aquí sentado -  formaron la energía.



Tapar los oídos no mata ni calla el pensamiento, sea insana nuestra herida y en vano nuestro aliento. No pedimos adquirirla, y tampoco queremos perderla, mas el poder a hierro mata, estando seguro que no habrá para él extinción. 
Que no maten la cultura, que no callen nuestros tambores, que no rompan las vasijas, y aunque lo hagan, sean quienes gritan y alzan la voz a favor de la cultura quienes bailen seguros con el viento a su favor.


"El aeropuerto", ese lugar en el que se descansa, se respira, se disfruta y se empalaga. Donde esa tarde ví a un grupo de jóvenes bailar, alegría irradiar y por un oficial el sonido desquitar. Miles se acercaron, ellos saltaban de un lado al otro sin parar, y al final, tuvieron que alejarse, todos dejaron de alentarse, de verles por la simpleza de un dulce tambor no poder escuchar.


domingo, 5 de agosto de 2012

Vida; Flor; Inmortalidad.


La percepción de nuestra vida se basa en quienes nos acompañan en el viaje. Todos tenemos un “porque” y debemos resolverlo, ya que se nos cuestiona a cada momento. Hay quienes adquieren cierta habilidad para conocerlo mas rápido que, y es por eso que les extrañamos. Y es que al encontrarlo, nos despedimos con una sonrisa que ni siquiera ese regalo que el abuelo nos colocaba debajo del árbol de navidad, esperando la magia prometida, nos podía sacar; una sonrisa sin fanatismo ni fuerza de tensión, La carne se enfría solo para retratarnos y somos tan ricos ganando en belleza interior, que los animales y la tierra nos utilizan para embellecer un terreno.

Somos inmortales, y no es de esperar que para pasar toda una vida teniendo una rutina, sino porque las flores que crecen por encima de nuestra encrucijada entre la tierra y las estrellas, son cada vez más bellas. Servirán pues, para que un muchacho, que nunca nos conoció, enamore a la mujer de sus sueños, o para que una hija desee también con una sonrisa, que su madre mejore de salud, postrada en la cama de un hospital.

Somos inmortales, porque el cielo grita que se rejuvenezcan las sonrisas, que demos pasos cada vez más grandes y que logremos saltar cada vez más lejos de longitud, y recorrer el mundo por facilitar la alegría a alguien que no conoce esos momentos en que se acalambran los músculos, se respira menos y se olvida todo.

¿Cuánto sonreiríamos si nos pagaran por hacerlo? ¿Cuánto más o menos si tuviéramos que pagar por hacerlo? Muchos se han preguntado que es lo que realmente hacen caminando con la sonrisa en el rostro, pero es el mismo significante retórico que preguntarnos porque enamoramos regalando esa flor. ¿Robamos la alegría, o la tomamos prestada de encima de cualquiera que ya cumplió su “porque”? Debemos mucho, y no pagan ni pagamos por hacerlo. Práctica y teóricamente analizado, hay que sonreír. Es la mejor conclusión que le podemos dar a la vida, o a la flor, o a la inmortalidad.

Pelemos los dientes.

Dilemas de una Hoja volteada

Dilemas de una Hoja volteada

Vivimos a diario una persecución de nuestras acciones, pensando si quizá tomamos una decisión que termine por desplazar un ideal y hasta el sentimentalismo que le confiamos a lo que vemos y queremos.

Los logros son una perspectiva que le damos a nuestras acciones, y el secreto – por adelantado – es ver todo lo que hacemos por decisión unánime de mente y corazón, como un logro positivo. Ahora bien, si todo es bueno, ¿en donde están las caídas? ¿En donde están los sueños rotos y frustrados? Probablemente aun estén en nuestra cabeza y por lo tanto es totalmente necesario tener un ideal insípido que hemos buscado, mas nunca hemos encontrado, así buscarlo con el corazón y no por su “olor”.

El punto se encuentra en lograr dar vuelta a la hoja, ver a trasluz ese mensaje subliminal que nos dejan los tragos amargos, a abrirnos a nuevas perspectivas y dar credibilidad a nuestro cometido de tomar una forma involuntaria, no conveniente y que por lo tanto dejamos de buscar. Es decir: si no salió bien, hicimos todo a nuestro alcance, y no funciona, de hecho reconocer que si funciono. Nos muestra algo: no es conveniente.

Ahora, reconocer cuando simplemente no conviene, o no se da porque no nos entregamos, no será difícil si sabemos claramente lo que buscamos, ya que si nos entregamos totalmente, de inmediato tendremos nuevas oportunidades, o acaso llamarles nuevas perspectivas, ya que la mayoría de veces se encuentran en gama frente a nosotros, y nos cegamos por simple capricho de ve únicamente ver lo que deseamos.

Dormir es solo el tercer paso, ya que si nos estamos entregando, disfrutaremos de esa aventura y nos llevará a soñar. Probablemente pensemos que cerrar los ojos significa miedo, cuando realmente es la mejor manera de informarnos que todo va bien, cuando conseguimos lo deseado con mucho esfuerzo.

El reto ahora queda con una incógnita: ¿dormiremos mientras lo buscamos?

miércoles, 20 de junio de 2012

Adentro de una memoria


En memoria de un compañero, Kencho Letona: por siempre entre nosotros.

Adentro de una memoria


Cerré los ojos.

Abrí los ojos.

 Observaba todo nublado y el paisaje era tan frondoso y la neblina atravesó mi ventana, me cubrió perfectamente hasta casi hacerme sentir que estaba ligeramente cubierto por mis sábanas blancas. No me desesperé, y alimenté mis pensamientos con memorias pasadas, y es que tenía algunas cuantas que se remontaban a segundos antes de abrir los ojos. Al ver el universo blanco que se develaba, las olvide por completo.

Era extraño, no la sensación, sino el hecho de no recordar apenas segundos atrás, pero sí cuando años atrás un abrazo o una caricia, era fortaleza y resbalarme por un árbol era la aventura por excelencia. Antes no retrataba lo que me ocurría, pero lo recordaba, y ahora retrato, pero no recuerdo. Rara filosofía, combine recuerdos para abrir los ojos y quizá esperar que alguien más me retratara a mí.

Decidí que si la bruma no me dejaba elección, debía cerrar los ojos.

Cerré los ojos.

Al hacerlo, perdí intuición y el límite del tiempo.

Abrí los ojos.

Vi que era una perfecta barrera, no había frío, pero la sensación me hacía una buena jugada. Por lástima nunca me pellizque, y es que no me di cuenta que estaba tirado viviendo de recuerdos, de esos que me pertenecen y que retrocedo y adelanto a placer.

Estaba jugando con lo que ya había experimentado, dejando que el tiempo me aplastara y evitándome poder seguir recordando. Revise mi cabeza, respirando lentamente, y sin oscuridad, mis pupilas se dilataban, y caí en la cuenta que el “recordar” y la “memoria” van de la mano, mas no son lo mismo. Mi memoria alimentaban mis recuerdos, pero sin recuerdos, mi memoria fallecía.

Me dejó plantado mi memoria, y me dio frío.

Cerré los ojos.

Esa nube en la que ya flotaba me hizo desesperarme por la altura.

Abrí los ojos.

Vi entonces que algo me llevaba a una repisa y me almacenaba. Allí éramos ya varios, era casi un cuarto de espejos, y cada uno se esforzaba por salir. Salió de repente a mi lado otra de esas burbujas en la que estaba, y entre la bruma me escribió: “para salir, tienes que vivir”. Se detuvo la sonrisa y seguía yo sentado.

Al darme cuenta de ese cuarto de espejos en el que estaba, le sonreí a la vida y de repente todas esas burbujas reventaron, y yo al centro miraba como todos nos volvíamos uno. Vi por esas ranuras y ahora si, abrí los ojos, percatándome de la vida que tenía frente a mí. Una vez más estaba sorprendido. Los recuerdos me mostraron que la vida estaba llena de memorias, y la vida nos alimentaba para disfrutarles por la noche. Terminé de vivir y por último cerré los ojos. Todo se puede explicar, y ahora entendí por qué cerrar los ojos al morir. Seguiremos recordando y siendo recordados.



Carlos (Kencho) Letona, en la memoria de la promoción XXXIII, Centro Escolar El Roble.

La resaca de nuestras acciones

La resaca de nuestras acciones


Dejamos el agua por un trago y la comida por dinero, mas el aire con nada le reparamos. Dejamos el amor por vanidad y deseo, el cansancio por eterno descanso y ese sentimiento de quedar atrapados como pequeños meteoritos en la órbita de nuestra cama. Dejamos las cosquillas por enfado y los besos por  puñetazos. Dejamos las letras por balas y los abrazos por cateos y retenes imperfectos. Dejamos el aire por el olvido y los saludos por peleas.

Después de conservarnos por varios años, coincidimos en pocas cosas. Las generaciones no cambian el tiempo, sino el mismo tiempo cambia las generaciones. Un apretón de manos se volvió ofensivo y escupir en la cara un performance artístico- No dejamos la fama, pues dejaríamos olvidada la cartera, y no dejamos la música porque nos perderíamos nosotros. Todos abren los ojos a aquello que les conviene, y nos tapamos los ojos ante la realidad.

Tememos desprestigiarnos solo por vanidad y el mismo error cometido ayer nos apalea noche a noche hasta que se presenta el sol por la mañana.

Por experiencias se basan nuestros supuestos (sueños), y los caminos se enfrentan en la explanada de nuestras frustraciones, hasta que terminamos siendo soñadores empedernidos con ganas de no romper las reglas aun su romperlas es una de ellas.

Ayer precisamente bebieron las acciones, y se las tomaron tan enserio, que terminaron con efecto somnífero ante la expectativa de ser más allá de una experiencia. Se levantaron al día siguiente con necesidades más grandes, y lo específico es ahora solo un complemento de lo básico.

Realmente creímos ser superiores, pero entonces vimos como no conocemos lo que hay al fondo del mar, y todo lo posible que hicimos se resume en esas acciones, esas que hemos cambiado. Pero, ¿la experiencia?, ¿cómo podemos confiar en errores? Bebieron las acciones y hoy son realmente problemas; tomamos enserio: tenemos resaca.

martes, 12 de junio de 2012

El sacrilegio de nuestros problemas

El sacrilegio de nuestros problemas



No es que nos fallemos. A veces, la mejor solución es un problema. ¿Cómo entenderíamos que todo está bien si no existieran? No diríamos que “todo esta bien”, sino “todo es normal”. Como la sombra existe gracias a la luz, así los problemas son parte de la vida.

Confiamos en nosotros, y cuando aparecieron nos desesperamos. Ya éramos grandes, nos conocíamos por dentro. Vimos todo perfecto y olvidamos que tenemos piernas al caminar. Vimos todo plano, olvidando que a lo lejos se confunden las piedras con el horizonte. Corrimos confiados y tropezamos de espaldas. No sangramos pero tampoco reímos. Allí nos quedamos esperando a quien nos levantará, y pusimos de excusa que queríamos quedarnos tirados, viendo el sol y las nubes, sin pensar en que – aunque no es malo – desaparecen y entra la luna y las estrellas en primer plano. Tuvimos sed y hambre, pero dijimos “todo está bien, seguimos respirando”.

Como olvidamos que tenemos piernas, así olvidamos también que tenemos brazos. Ya acostumbrados a que nos ayuden de alguna forma, allí nos quedamos, confiando en todo aquello que teníamos. Pasa un avión cerca, solo diciendo “problemas”, letra por letra en cada ventana de pasajeros. Rodamos cuesta abajo, hundiéndonos más sin dejar huella. Seguimos confiando y también olvidando. No nos atormenta, todo es “planeado”. Nadie nos enseñó a confiar, pero tampoco a olvidar. Y es que olvidar es todo un proceso, pero las piernas y brazos siguen allí, aquí. Entonces empiezan los sonidos, las voces, la conciencia, el miedo resignado y nuestros ojos llenos de mares de lágrimas. Hablamos por dentro y preguntamos: “¿Qué hicimos mal?”, sin descubrir lo sencillo; sencillamente cerramos los ojos pero “nunca nos levantamos” y el mar de nuestros ojos se desborda.

No era una montaña, era una pequeña colina. No era una piedra, solo nuestra sombra bajo la meta. No era el horizonte, era nuestro premio, y el “problema” no era “problema”. Nos confiamos de todo, menos en nosotros. La vida nos daba un premio disfrazado de traspié.

“El sacrilegio somos nosotros, en lo que no confiamos después de todo”.